Era diferente al resto.
Su sonrisa enamoraba sin necesidad de palabra alguna que la acompañase. La
mirada brillaba junto a esos ojazos que miraban llenos de vida.
Leía frecuentemente libros, muchos, para evadirse de la
realidad que la rodeaba. Soñar cada noche era ser libre, antes de que se despertase
para volver a una nueva pesadilla. La chica que lo daba todo, a cambio de nada.
Y a medida que pasaba el tiempo, su pareja cada vez se volvía más posesiva y
manipuladora.
Y… sin darse nadie cuenta, esa sonrisa se iba apagando cada
vez más, como una vela que se consumía poco a poco sin fijarte cómo iba
empequeñeciendo. Y así creció, queriendo ser independiente.
El momento en el que decidió ser fuerte, y alejarse de la persona que le comía cada vez más su personalidad, fue el momento en el que
renegó del amor.
Y tras muchas decepciones, y unos cuantos desengaños
amorosos, llegó el chico ideal a su vida, pero había llegado demasiado tarde.
No importaban los numerosos detalles que ofreciese, o las miles de sonrisas que
regalase a la bella dama. Porque ésta había aprendido a ser tan libre, que ya
no quería saber nada de lo que significaban esos sentimientos que podían
llegar a atarla de nuevo. Y eso a estas alturas la aterraba.
De modo que descubrió la felicidad, sin querer compartirla
con nadie más que con ella misma.
-J. Vielsa-
